CONCIENCIA AL VIAJAR: Ser consciente de lo que vemos

“Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia” – Sócrates

¿Cuantas veces observamos y no vemos? ¿Cuantas otras nos quedamos con una pequeña noción de la que vemos, sin profundizar? ¿Cuantas cosas entendemos solo por aquello que no explican, sin indagar si es cierto o no? O, preguntando de otro modo, ¿Cuantas veces tomamos consciencia de aquello que vemos hasta entender plenamente lo que sucede ante nuestros ojos?

Seguramente, de todas las preguntas anteriores, en la mayoría responderíamos siempre o casi siempre y solo en una dudaríamos pensando cuando fue la última vez que pasó.

Viajar nos aporta muchos conocimientos si es realmente lo que buscamos. Es una experiencia plena de inmersión en un espacio diferente al nuestro habitual, donde los cinco sentidos se encuentran con estímulos a cada paso que damos. Sin embargo, nuestro cerebro se sobre-estimula de tal modo que le es complicado procesar tanta nueva información. A causa de esta ingente tarea, el cerebro procesa solo aquello que le damos, aquello en que fijamos nuestra atención ya sea observando, preguntando o incluso tocando, oliendo o saboreando. Y, posiblemente, si hacemos memoria, de nuestros viajes recordaremos sobretodo aquello de que tomamos consciencia de manera activa.

“El conocimiento nos hace responsables”– Ernesto “Che” Guevara

Desgraciadamente muchas veces el conocimiento nos permite conocer cosas que no son éticas, que atentan a otras personas o que afectan la vida de animales o entornos solo para promover una actividad turística. Observar nos hace estar presente en el lugar de un modo activo y ver aquello que no quiere ser visto, de modo que empezamos a ser conscientes de desequilibrios. Y, si somos conscientes, debemos actuar como tal. Podemos ser turistas responsables o alimentar a una poco ética máquina de hacer dinero a costa de vidas humanas o animales.

Un ejemplo, sin ir más lejos, es el maltrato animal que sufren muchas explotaciones turísticas. Podemos dar vueltas en ponis, camellos, visitar zoos de jaulas diminutas o dar de comer a elefantes asiáticos por unos pocos dólares. Incluso podemos hacerlo en nombre del aprendizaje de nuestros hijos. Pero el fin no justifica los medios. Decenas de documentales y focos nos han remarcado el sufrimiento animal en la mayoría de esas explotaciones y, sin embargo, cada día esa atracción se llena de centenares de turistas, cómplices de la mala vida de ese elefante, el cual ha sido domado con dolorosas técnicas.

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