¿CON QUÉ FIN VIAJAMOS?

“La tragedia del hombre moderno no es que sabe cada vez menos sobre el sentido de su propia vida, sino que se preocupa cada vez menos por ello” – Václav Havel

Plantarse delante de un ordenador, escoger allí mismo el destino, incluso basándonos únicamente en la mejor oferta, cerrar el hotel, el coche de alquiler y pagar. Cerramos el ordenador. Esperar el día de partida y viajar al destino. Volvemos y escupimos las fotos en la red social de moda. Siguiente viaje.

Muchas veces no nos planteamos los viajes con ningún fin, simplemente los consumimos como quien entra a ver una película en un cine sin antes haber visto el trailer. Es un modo de ocio, un consumismo más en el que vivimos, basado en acumular experiencias, una tras otra, sin realmente plantearnos qué estamos consumiendo y, sobre todo, “para qué”. ¿Viajamos realmente para descubrir nuevos lugares?¿Llegamos a interesarnos por nuestro destino, su historia o su cultura?¿Viajamos porqué queremos ampliar nuestro conocimiento, vivir nuevas realidades que nos hagan plantearnos nuestro paradigma? ¿O viajamos porqué todos viajan y porqué es un modo de buscar la aceptación social o la exclusividad? 

De la facilidad de viajar hemos sacado la peor opción. Si recordamos, 30 años atrás viajar era un placer de pocos, e incluso cuando una familia lograba acumular su dinero para conseguir un viaje largo, esa experiencia se vivía más intensamente solo por el hecho de ser escasa. No sabíamos cuando llegaría el siguiente viaje, de modo que disfrutábamos más de los rincones de ese nuevo país, tratábamos de recordar esas experiencias, comprábamos guías que nos contaban la historia del lugar, su cultura o su situación social. Y hacíamos fotografías que después acabarían en un álbum que de vez en cuando revisaríamos. Ahora, en el mismo momento puedes hacer la fotografía y publicarla. Gracias al mundo digital, podemos hacer muchas más fotografías, de modo que ni tan solo revivimos las anteriores. Consumimos viajes.

“Hay que darle sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido”- Henry Miller

Viajar, como cualquier compra, debe hacerse para conseguirse un fin. Si tenemos claro el fin con el que viajamos a un sitio nos resultará una experiencia más satisfactoria. Si, por el contrario, compramos un viaje y luego buscamos su fin, es posible que el viaje nos parezca superficial, vacío, inacabado. Pongamos ejemplos: si tu fin es integrarte bien en un espacio para conocer esa cultura, quizás debemos escoger estancias prolongadas en un mismo sitio, aunque de entrada nos parezca pasarnos de días. Si, en cambio, hacemos lo contrario, el fin que obtendremos es un viaje menos profundo y no estará en consonancia con el fin que nos hacía felices. ¿De que sirve escoger un crucero en el que tienes 3 horas para visitar una isla si lo que quieres es conocer bien su gente? El tipo de viaje debe estar en consonancia con nuestro fin.

Y ¿cual es tu fin? Posiblemente esta es la pregunta más incómoda, ya que no nos solemos hacer esta pregunta antes de comprar nada. Aunque nuestros automatismos de comportamiento muchas veces ya lo concuerdan todo (tenemos hambre, nuestro fin es acabar con el hambre y compramos comida), hay veces que nuestras compras no se basan en necesidades básicas. Allí es donde realmente debemos plantearnos darle un sentido a nuestras compras y a nuestros viajes. Si viajamos en consonancia con nuestro fin todo tiene un sentido, todo nos llena y nos conduce hacia la vida que buscamos. Porqué si sabemos el fin, aunque más adelante cambie o nos equivoquemos, en el fondo, nuestra vida viaja en un barco con timón.

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